Orson, mago de primera.

Orson, mago de primera.

lunes, 21 de octubre de 2013

La mítica Fórmula Uno.

Del solvente director Ron Howard (Cocoon, Apolo 13, Una mente maravillosa) nos llega ahora Rush (2013), que podríamos traducir como Ímpetu, Arrojo, aunque observando su argumento –la lucha encarnizada en la pista de dos pilotos—también cabría asimilar como Pique.
 
Yo tenía nueve años en 1976 cuando se produjo el mítico duelo de dos colosos de la Fórmula 1: Niki Lauda –por Ferrari—y James Hunt –por McLaren--. A pesar de mi corta edad de entonces, seguí con apasionamiento esa liza, sobre todo, en lo que a Lauda respecta, que en España era considerado todo un héroe. No había trazado de Scalextric que se preciara que no contara con “Niki Lauda”. Todos jugábamos a ser Niki Lauda, y a pisar fuerte nuestro acelerador. Cuando tuvo su fatal accidente en el húmedo asfalto de Nürburgring (Alemania), fue un verdadero mazazo. Sus quemaduras fueron horribles, espantosas. El héroe –sin ser guapo de por sí—había salido tremendamente desfigurado. El coche ardió y alcanzó una temperatura de ochocientos grados. Niki estuvo más de un minuto allí dentro, abrasándose la piel y los pulmones. Después, en el hospital, se consiguió estabilizar su respiración y sus gravísimas quemaduras. Tuvieron que aspirarle varias veces el hollín y los gases tóxicos utilizando una cánula bronquial. Pero el milagro vino a poco más de cuarenta días del siniestro: Lauda volvía a ponerse al mando de su Ferrari, en Monza. Aun así, dadas las condiciones meteorológicas adversas, prefirió retirarse, y ello posibilitó la victoria final de James Hunt en el campeonato del mundo.
 
 
La cinta de Howard recoge con enorme pulso dramático y narrativo todo esto. Hunt y Lauda eran dos genios del volante, pero dos personalidades muy opuestas. Niki era sensato, metódico, responsable, más bien modesto fuera de la pista, es decir, poco dado a la vanagloria fácil. Hunt era presuntuoso, indómito, insensato, irreflexivo, y, si creemos al guionista (Peter Morgan, El último rey de Escocia), literalmente un Pichabrava. Se tenían un odio enconado, desde que Hunt era un ídolo de la Fórmula 3 y Lauda empezaba en esa categoría. Niki sabía de trucos mecánicos, entendía mucho de motores de coche, podía mejorar su rendimiento, y esta importante faceta técnica captó poderosamente la atención de los dueños de las escuderías. Mientras Hunt tenía problemas de motor, Lauda se alzaba con sus primeros triunfos notables.


Eran dos seres con aceite de coche en las venas. Vivían para las pistas. Por lo menos, Niki, porque Hunt también lo hacía para las juergas y los líos de faldas. Se llevaban mal, eran enconados rivales, pero se respetaban como profesionales de la competición. Cuando Lauda ofrece en la película una rueda de prensa tras su descalabro en Nürburgring y su retorno a las carreras, un periodista lo insulta afeando su aspecto y amagando acerca de lo que su esposa opinará de este. Entonces James Hunt, a la salida, por haber ridiculizado a Lauda, empuja al listillo a unos lavabos y le rompe la cara.
Son espectaculares las secuencias de la carrera rodadas bajo la lluvia intensa en Nürburgring y en Japón. Si se han utilizado fragmentos documentales, no se percibe lo más mínimo. El montaje de primeros planos, planos medios y de detalle, es magistral, aunque dure poco. Tal vez, los amantes de la competición van a echar en falta más escenas de automóvil, más planos de adelantamientos peligrosos y de ruedas rozando. Y es que la segunda mitad del metraje se hace corta, porque es la que más incide en el duelo de vértigo en pista. Eran años de alto riesgo romántico, byroniano, cuando moría un promedio de dos pilotos por temporada, y a los conductores de Fórmula 1 se les veía como toreros de la velocidad. El piloto, entonces, salía a buscar la muerte, a batirse con ella, y, si fuera posible, a burlarla una vez más. Había mucho de instintos suicidas en aquellos ídolos soñados. Por eso tenían –y siguen teniendo—tanto éxito con las mujeres como los diestros del ruedo. El coraje temerario atrae. Fascina la virilidad de esos “temibles burlones”.
 
James Simon Wallis Hunt (1947-1993), británico, iba para médico, pero al final decidió meterse en el mundo de las carreras de coches. Comenzó pilotando un Mini, y su habilidad y temeridad eran tales que recibió el apodo de “Hunt The Shunt”, esto es, ‘Hunt el Maniobras’ o el ‘Cazamaniobras’. Llegó a la Fórmula 1 en 1972. Su primera carrera fue en el circuito de Mónaco, en 1973. La primera victoria, en el Gran Premio de los Países Bajos, en 1975. Campeón del mundo en 1976. Su última victoria fue en 1977 (Japón). Se retiró en 1979, para pasar a ser comentarista deportivo en la BBC. Murió de un infarto en Wimbledon por la mala vida que seguía, siempre apretando a tope. No tenía cumplidos los cuarenta y seis años.


 Nikolaeus Andreas Lauda nació en Viena (Austria), en febrero de 1949. Su padre poseía una próspera industria papelera, y Niki aprendió a conducir al volante de los camiones de la empresa. Su familia, sin embargo, no le ayudó para ser piloto de carreras. En 1968, estaba en Fórmula V. En 1969, en Fórmula 3, a las órdenes de Francis McNamara. Al año siguiente, subió a Fórmula 2, en el equipo March. Un banco austriaco y una marca de electrodomésticos deciden patrocinarlo. En 1971, debuta en la primera categoría a los mandos de un March, en el Gran Premio de Austria, pero abandona por problemas mecánicos. En 1973, corría con BRM, y poco después llegó a Ferrari, escudería que le hizo ganar en El Jarama el Gran Premio de España. Fue cuarto en el campeonato del mundo de ese año, y campeón absoluto en el de 1975 (triunfos en Mónaco, Bélgica, Suecia, Francia y Estados Unidos). En 1976, venció en cinco circuitos y fue segundo en dos. En Alemania, su coche chocó con el de Brett Lunger, con los resultados que ya hemos comentado. Siguió cosechando triunfos, con Brabham-Alfa, en 1978. Se retiró de las pistas en 1979, para fundar una pequeña compañía aérea que quebró pronto. Reapareció con McLaren-Ford en 1982. Quedó quinto en el mundial. En 1984, volvió a ser campeón del mundo con McLaren-Porsche Turbo. Su adiós definitivo llegó en 1986. Colabora con cadenas austriacas como comentarista deportivo, es consultor técnico de escuderías, y ha reflotado otra modesta compañía aérea. Se divorció de su mujer en 1996, y se casó con su novia Birgitt, quien le cedió un riñón por problemas de insuficiencia renal severa. Niki Lauda tiene cinco hijos.
El mayor recuerdo que guardo yo de él, sin duda, como piloto, es a los mandos de un McLaren, en su última etapa. Justamente, la escudería contra la que luchó cuando la pilotaba James Hunt.
 
La parte interpretativa de Rush es correcta. Es más generoso, por lo vitalista, el papel de James Hunt, y Chris Hemsworth, actor australiano discreto, lo incorpora con brío. Daniel Brühl está correcto como Niki Lauda, aunque no repita la tensión dramática que consiguió en Salvador Puig Antich (2006) ni la simpática afabilidad y frescura de Good Bye, Lenin! (2003). La elegante y pulcra actriz rumana Alexandra Maria Lara (El hundimiento, 2004) es aquí Marlene, la primera esposa de Lauda.
En definitiva, un filme atractivo, que se disfruta, sobre todo en su segunda mitad, y que deja buen gusto en el espectador, aunque diste mucho de ser una obra realmente sólida, brillante y meritoria.
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El 1 de mayo de 2014 se cumplirán veinte años de la desaparición de otro gran mito de la Fórmula 1, el brasileño Ayrton Senna. Hombre religioso, veía a Dios cuando volaba sobre la pista, pero prudente, también sabía cuándo aflojar el pie del acelerador. En el Gran Premio de San Marino, en Ímola, perdió la dirección de su coche al desprenderse el volante de la sujeción. El Williams de Senna impactó contra los protectores de Tamburello a más de doscientos kilómetros por hora. El lateral derecho del coche quebró, y la barra de suspensión le atravesó el casco y el cráneo, produciéndole la muerte a las pocas horas. En palabras del médico de urgencias, “a pesar de no ser yo hombre creyente, cuando vi que se relajaba, supe que su espíritu estaba abandonando su cuerpo”. Senna tenía lesiones neurológicas irreversibles. Como Niki Lauda, se iba un triple campeón del mundo, con más de cuarenta victorias a sus espaldas, ochenta podios y sesenta y cinco cabezas de carrera. Como los amados de los dioses, Ayrton murió joven.

El documental Senna (2010), de Asif Kapadia, premiado en el Festival de Sundance, es otro deleite para todos los amantes de la Fórmula 1. Muestra el ascenso de un hijo de buena familia, corredor de karts, pasando por su espectacular debut en Mónaco en 1984, donde quedó segundo con un coche modestísimo (un Toleman) y adelantó al propio Niki Lauda, hasta alcanzar la cima con las escuderías McLaren y Williams Renault. Si Rush plasma el increíble combate Lauda / Hunt, este reportaje analiza la pugna no menos acerada entre Senna y Alain Prost. Según el piloto francés, Senna llegó a la Fórmula 1 con una sola idea, un único y audaz empeño obsesivo: derrotarle a él, el astro del momento.

Senna era un especialista en la conducción sobre mojado, y no pocas veces esta circunstancia –tan temida por otros conductores, como Lauda—le favoreció lo suficiente. Era un piloto muy agresivo, capaz de un acoso despiadado sobre el rival. Una técnica que había aprendido de joven, con los karts. Senna adelantaba por el interior de la curva o del peralte de la chicane, de modo que si el perseguido no cedía el paso, podía llegar a chocar con él, como le sucedió a Prost dos veces (ambas en Suzuka, Japón, en 1989 y 1990). El Gran Premio de Japón brindó a Senna en varias ocasiones la oportunidad de lucirse, pues otras tantas el título mundial se dirimió allí. En 1988, a los mandos de su McLaren Honda y saliendo en primer lugar, se le caló el coche al darse la salida. Fue sobrepasado por bastantes pilotos, pero él aprovechó hábilmente la ligera pendiente en declive de la parrilla para activar el motor y salir disparado. Una remontada como la que hizo Senna entonces no se ha vuelto a ver en la Fórmula 1: de la décimo cuarta posición a la sexta en la segunda vuelta, a la quinta en la tercera, a la tercera plaza en la undécima, y finalmente, a la primera tras dejar atrás a Prost, que tenía problemas con su caja de cambios. Senna necesitaba la victoria en Suzuka para ser campeón del mundo, y su destreza y la suerte le hicieron alzarse con el título. Volvió a ser coronado en 1990 y 1991, siendo este último año y 1993 los mejores de su trayectoria deportiva. En 1990, consiguió el título porque su McLaren chocó con el Ferrari de Prost nada más iniciarse la lid; ambos abandonaron, y el brasileño, que llevaba ventaja en los puntos, logró el campeonato.


 Senna fue uno de los pilotos que más se opuso a las innovaciones electrónicas en los monoplazas, tales como la tracción y la suspensión por computadora. Logró que la FIA prohibiera su uso, pues restaban responsabilidad y protagonismo al piloto, en beneficio de la maquinaria. Los coches eran más seguros, y podían ir más rápido, pero a la gente le entusiasmaba lo espectacular del riesgo: las salidas de pista y los trompos.


 
 
 Viniendo de un país con profundas desigualdades sociales, y siendo él un muchacho favorecido por la fortuna, era aclamado en casa como un héroe nacional. Senna dio mucho dinero a ayudas humanitarias y creó él mismo el Instituto Ayrton Senna para la Educación de niños de las favelas (http://senna.globo.com/institutoayrtonsenna/home/index.asp). Su fundación ha auxiliado a más de doce millones de niños sin recursos en todo Brasil. Quizá en verdad fue un hombre predestinado por Dios para llevar el bien a los demás haciendo lo que más le gustaba: ganar grandes premios con su monoplaza.

El documental de Kapadia es un buen acercamiento al mundo de los pilotos de Fórmula 1, aunque se entusiasma demasiado con su héroe protagonista, y solo muestra de sus logros la “versión nacional”, relegando al mínimo la visión europea del mito (así, las entrevistas a Alain Prost, su máximo oponente, quedan fuera del montaje oficial). Introduce escenas de vídeos familiares y de entrevistas minoritarias, que dan cierta calidez humana al testimonio. Para promocionar el filme, nada mejor que unas palabras de Niki Lauda: “[Senna] fue el mejor piloto que ha existido”. ¿Dónde quedan, en ese caso, él mismo (tres títulos mundiales), los Fangio (cinco), los Prost (cuatro), los Piquet (tres), los Fittipaldi (dos campeonatos), los Alonso (dos), los Schumacher (siete coronaciones)?

lunes, 7 de octubre de 2013

"Bertsolari" (2011)

A menudo se dice que los vascos no han tenido literatura. La han tenido, pero mayoritariamente oral, anónima y folclórica. Esto es debido a dos razones principales: la extraordinaria complejidad del euskera, en realidad no una lengua natural unitaria, sino un conjunto de dialectos; y la relegación política del vascuence, sobre todo a partir del siglo XVIII, a una lengua exclusivamente familiar. Sin embargo, las provincias vascongadas han sido un territorio irregularmente abierto a su propio idioma. En Álava, por ejemplo, siempre se hablaba castellano, por estar próxima a su área de creación y de extensión como lengua de intercambio y arbitraje comercial. El castellano favorecía el entendimiento en las transacciones, y era más fácil de entender, aprender y manejar que el euskera. Mis abuelos paternos eran los dos del área de Vitoria, y ninguno hablaba vascuence. Mi abuelo se esforzó en su senectud por aprenderlo, pero apenas dominaba un corto vocabulario. Mi bisabuela materna era de Elorrio, un pueblecito de Vizcaya. Como queda limítrofe con Guipúzcoa, ella tuvo que aprender ambos dialectos mayoritarios, vizcaíno y guipuzcoano, de los que se valía con mucha soltura. Sus dos hijas --una de ellas mi abuela-- aprendieron solo vizcaíno. Las dos hermanas seguían utilizándolo con frecuencia en Madrid, cuando querían hablar sin que ninguno las entendiésemos. Eran muy pillas. A veces yo le preguntaba: “—Pero, abuela, ¿qué has dicho?” Y ella, riéndose, me traducía. Las he visto usar el vizcaíno cuando iban a grandes almacenes y se ponían a comparar los precios de los artículos; así las dependientas no se enteraban ni del No-do.


El vascuence arrastró su mala fama desde la Edad Media. De la primera mitad del siglo XII data una primera compilación de términos vascos, que recogió sin mucho amor un clérigo francés, Aymerico Picaud, en una obra que se le atribuye, el Liber Sancti Jacobi, guía de peregrinación a Santiago de Compostela. Aquí, sin ningún remilgo o aspereza, el monje escribe: “Si vieras comer [a los vasco-navarros], los tomarías por perros o cerdos comiendo. Y si los oyeses hablar, te recordarían al ladrido de los perros, pues su lengua es completamente bárbara. A Dios le llaman urcia; a la Madre de Dios, andrea María; al pan, orgui; al vino, ardum; a la carne, aragui; al pescado, araign; a la casa, echea; al dueño de la casa, ioana; a la señora, andrea; a la iglesia, elicera; al presbítero, belaterra, lo que quiere decir bella tierra; al trigo, gari; al agua, uric; al rey, ereguia; a Santiago, iaona domne Iacue”. Sin embargo, al tratar de Castilla y sus moradores, Aymerico tampoco se queda corto: los tacha de malvados y viciosos. Salva a los gallegos y su territorio, por ser parecidos a los galos, pero condena todos los comestibles animales españoles por causar estragos entre la salud de los extranjeros.
La “barbarie” de la entonación vascuence la siguió propagando, en el siglo XVI, el Padre Mariana: “[El euskera] es una lengua bárbara e incapaz de cultivo”. Sin embargo, el toledano gramático Sebastián de Covarrubias Orozco, también sacerdote, inserta este encendido elogio en su Tesoro (1610): “La Cantabria, Guipúzcoa, Álava, Vizcaya y las demás partes del reino de Navarra, que han participado y participan desta lengua, es de la gente más antigua y más noble y limpia de toda España”. Covarrubias alababa y subrayaba el aislamiento en que habían vivido esas gentes desde tiempo de los romanos, lo que garantizaba su hidalguía por llevar sangre “no contaminada”. En la época de la Ilustración, mientras algunos nobles navarros obtenían carta blanca del rey de España para expoliar los bosques de sus paisanos con destino a los astilleros, dejando a los lugareños sin un medio de vida, el Padre Larramendi, jesuita guipuzcoano, invocaba las excelencias de las tradiciones vascas y animaba a los clérigos a predicar en euskera, pero con fervor, para que la lengua madre, enaltecida y mimada, llegara al alma. Su estímulo lo potenciaron otros miembros de la Compañía de Jesús, como Agustín de Cardaveraz y Sebastián de Mendiburu, a quienes se unen los franciscanos Juan Antonio de Ubillos y Pedro Antonio de Añíbarro, y el carmelita Fray Bartolomé de Madariaga.
Entre 1545 y 1879, se escriben, directamente en dialecto vizcaíno, catorce libros; y en dialecto guipuzcoano, cuarenta y siete. El guipuzcoano era la variante con mayores visos de éxito en el mercado editorial. El primer libro impreso en euskera es una Gramática de 1545; su autor proclama con orgullo: “Bertze jendek uste zuten/ ezin skriba zaiteien/orai dute phorogatu engaina zirela/ Heuskara jalgi hadi mundura!” (‘Las otras gentes creían/ que no se te podía escribir,/ que sepan ahora que se habían engañado:/ ¡Euskera sal al mundo!’)
Así pues, el vascuence lo tenía difícil para convertirse en lengua literaria. Entre otras cosas que acabamos de ver, porque eran los rústicos quienes habían de enseñar la lengua a los doctores y letrados. En las escuelas no existían cánones ni directrices de enseñanza; quienes querían escribirlo, dudaban mucho sobre su ortografía, pues el euskera se aprendía de oídas.

El hecho de que se utilizara la memoria, y de que hubiera sustanciales diferencias entre valles, circunscribió toda la creación popular a la poesía. En el siglo XV, había dueñas que improvisaban panegíricos en vascuence en los duelos y entierros. Al parecer, se les prohibió pronto esta actividad. Los pastores solían componer poesías mientras cuidaban el ganado (recordemos que así comenzó a cantar el gran tenor navarro Julián Gayarre). Hoy día, en el País Vasco, unas justas poéticas son capaces de convocar en un polideportivo a más de catorce mil personas, entusiasmadas de escuchar a los bertsolari, los poetas de la tierra. Estos rapsodas deben improvisar una poesía, de determinada medida, a propósito de un tema que se les dice en el momento. Tienen veinte segundos para entonarla, porque además de la rima perfecta, han de cuidar el ritmo melódico, hasta casi convertirla en una canción. Para que salga bien la experiencia, el truco está en tener clara la coda, el final que se va a dar al poema. Además, varios bertsolaris parten de agrupaciones de palabras rimadas dentro de un mismo campo semántico. De este modo, escogen mentalmente las que mejor casan o coinciden con el tema asignado. Días antes de una competición pública, se evaden del mundo ajetreado, y se rodean de naturaleza y soledad. Practican mucho, e incluso aprovechan textos de otros autores adaptándolos libremente al euskera y a su circunstancia. La gente lo vive como algo suyo, auténtico, profundo, como la pelota vasca, las danzas, el levantamiento de piedras y otras tradiciones. En Madrid, sería impensable que unos poetas populares congregaran a tanto público entregado. En el País Vasco, es un espectáculo que se mira con respeto y orgullo. Los bertsolaris son héroes de la palabra, maestros del lenguaje lírico, intérpretes de lo universal en lo vasco. Porque la composición del bertsolari nos habla a todos, y no tiene nada que ver con la política, sino con las emociones y con nuestra común condición de seres humanos.

Asier Altuna ha dirigido Bertsolari, un valiente documental presentado en el Festival de Cine de San Sebastián en septiembre de 2011. El realizador se centra en las vidas de varios poetas populares vascos, en su forma de entender las raíces de una tradición y en su apuesta por el futuro de la misma. No en vano, parte del metraje está rodado en Estados Unidos, y cuenta con la participación de un folclorista experto norteamericano (John Miles Folley). Salvando las distancias, sería como el “rap” del pueblo vasco. Pero no es rap, ni se le parece, pues el bertsolari no busca la monotonía, sino la versatilidad melódica. Más aún, la sublimación en el final del poema. La sorpresa y el goce de lo inesperado. Las palabras se miman, se eligen con criterio formal, y se procura lo digno, pese a que todo sea improvisado en medio minuto, y no dé para pretender fijar la brillantez maestra de lo meditado y corregido. El bertsolari es un nuevo trovador. Tradicionalmente, solían ser hombres quienes actuaban de poetas. En la década de 1960, con la dictadura, se les permitía, pues era algo muy local y recitaban en un idioma que muy pocos entendían. Las autoridades franquistas no ponían atención a ese tipo de acontecimientos restringidos. Hoy día, hay más mujeres bertsolaris, y alguna se lleva el palmarés en la competición. En 2009, ganó el certamen de Barakaldo Maialen Lujanbio, que si bien puede parecer a primera vista una mujer ruda, antipática y severa, se trasmuta en ternura cuando se deja invadir por el duende de la poesía.
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El País Vasco es parte de la Historia de España. Los españoles tenemos el deber de conservar sus bienes culturales, e incluso acrecentarlos, como los de los demás territorios del estado. Hubo un hombre que quería a España, que creía en su riqueza cultural, y que no lo pudo expresar mejor en sus proféticas palabras de despedida: No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo. Mantened la unidad de las tierras de España exaltando la rica multiplicidad de las regiones como fuente de fortaleza en la unidad de la Patria.”
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[En las fiestas de Vitoria, la Virgen Blanca, me contaba mi abuelo paterno que se cantaban canciones populares en castellano, como estas que él me enseñó:

“A Celedón le picaron los mosquitos

y se compró sombrero de tres picos.

Hombre grande, patas de alambre,

chiquillo por melón, se llevó un… coscorrón.”

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“En Madrid la carrera del cerdo,

en Madrid la carrera del cerdo,

es un espectáculo muy singular,

es un espectáculo muy singular:

se le corta y el rabo al cochino,

se le corta y el rabo al cochino,

y se le echa al estanque a nadar,

y se le echa al estanque a nadar.

¡Como se divierte la gente del pueblo,

como se divierten los que allí están!”]

© Antonio Ángel Usábel, octubre de 2013.