Orson, mago de primera.

Orson, mago de primera.

domingo, 28 de octubre de 2012

MARILYN, "Cursum perficio".

MARILYN… MONROE… Sea cual sea la combinación, juntos o por separado, estos dos antropónimos identifican al ser mítico, al sex-symbol por excelencia de la Historia del Cine. Una actriz que eligió ese trabajo para huir de sí misma, sin poder nunca dejar de ser la chica del calendario.

Hace unos cuantos meses veíamos en la 2 de TVE (7-01-2012) un excelente documental francés (Marilyn. Últimas sesiones, de Patrick Jeudy) que nos certificaba que Marilyn, nuestra Marilyn, la Marilyn de todos merced a la magia de este arte de masas, ardió en deseos de ser otra. Pero era Marilyn. La que la catapultó a la fama y que sin embargo no quería representar. No podía huir de sí misma ni siquiera por la ficción. Era la diosa rubia codiciada, el objeto envidiado por taxistas y enfermeros, por escritores y jugadores de béisbol, por cretinos y presidentes. Ser actriz era la oportunidad de salir de sí misma, una forma simulada de huida. Marilyn se pasó sus treinta y seis años de vida escapando de su pasado –una selva sin amor--, pero sobre todo de un presente eterno, que se hacía futurible. Su encasillamiento como rubia tonta que busca millonario, que es justo lo representado en uno de sus últimos e inmortales papeles, la Sugar de Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959), la marcó con la cicatriz indeleble del reclamo sexual. Nadie la veía dotada para el drama, como quizá otras artistas más maduras, más hechas, como Ava Gardner, “el animal más bello del mundo”. Sí, en cambio, para la comedia o el musical. Era graciosa, abierta, simpática, a la par que inmensamente frágil y aniñada. Su aterciopelada voz era la de una niña traviesa y golosa. Una Wendy exuberante que no quería crecer y hacerse mayor. Marilyn quedó estancada en una infancia que no disfrutó, una infancia cruel, áspera, dura, ingrata. Su madre, una montadora de los estudios, era “Madre” a secas, como podía serlo la de Norman Bates. No conoció tampoco el amor de un padre, lo que se tradujo después en su definición del amor como una cadena de relaciones fracasadas. El vacío de cariño de la niñez y adolescencia se convirtió en pulsión masoquista, y en una ausencia completa de autoestima, que la conducía a buscar el dolor en lo efímero y superficial. Entendía a los hombres como unas fieras sedientas de su cuerpo. No la miraban, se la comían con los ojos. Lo cual puede ser cierto en la medida en que ella misma así lo creyera y en que no se diera a valer de otro modo. Tal vez no acertó o no pretendió acercarse al hombre idóneo. Tal vez Hollywood era demasiado poderoso como para aspirar a otra cosa. Las revistas, los chismes, las fiestas, la frivolidad, el glamour y los focos. Un mundo artificial, irreal, pero omnipresente e impositiva fábrica de sueños. Marilyn era demasiado bella, demasiado opulenta. Judy Garland, de fabulosa voz y talento artístico, era un coquín: bajita, fea, chata, con orejillas de ratona, aunque piernas más que decentes, que a menudo exhibía en los espectáculos. Las dos, esclavas de los barbitúricos y los sedantes: una por guapa y codiciada; la otra por niña prodigio sin asomo de belleza. Ambas prisioneras de esa jungla de luces. Objeto de masas, producto fabricado marca ACME. Speculum al joder.


 Su amigo Robert Mitchum –uno de los pocos sinceros con los que contó—decía que Marilyn nunca se tomó en serio su parte de icono sexual. Lo interpretaba, porque el público y los estudios lo pedían, pero ella no podía entenderlo. La actriz Celeste Holm, que no la soportaba, la veía más bien como una oportunista con gracejo; una imitadora de Betty Grable hábil para añadir gráciles guiños de cosecha propia.
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Marilyn no era una buena actriz, era una diosa de celuloide. No era mala, porque su físico imponía, te dejaba atónito, y su simpatía y carácter frágil resultaban envolventes y seductores. Como cantante, tenía una voz melosa y aterciopelada, dulce al oído. Todos queremos a Marilyn. La miramos con cariño, con ternura, como la joven tímida invitada a la fiesta a la que hay que sacar a bailar. Nos hubiera gustado que hubiese encontrado la felicidad, en su casa, rodeada de hijos, comprendida, y al fin amada y respetada.

Hizo buenas películas, pese a que ella no lo comprendiera así. Trabajó con los mejores: Billy Wilder, George Cukor, Otto Preminger, Fritz Lang, John Huston, Howard Hawks, Joseph Leo Mankiewicz, Henry Hathaway, Tay Garnett, John Sturges, Jean Negulesco, Edmund Goulding, Henry Koster, Walter Lang. Para la mayoría, ella fue un instrumento de tortura: llegaba tarde a los rodajes, hacía perder el tiempo, como se demoraba también en las citas. Otra forma de llamar la atención, de sentirse deseada, de hacerse de rogar, y de que hablaran de ella unos y otros. Marilyn era un futuro imperfecto.

Norma Jean Baker, luego Mortenson, por su padrastro. Gladys Baker había intentado abortar de ella. La niña nació, pero su abuela, una Monroe, estuvo a punto de acabarla con una almohada. Vino al mundo en Los Ángeles, California, un primero de junio de 1926. Murió en la misma ciudad, un 5 de agosto de 1962. O acaso nunca vivió realmente; acaso nunca dejó de morir, perdida en su icono, ser humano relegado. Madre y abuela locas, carne de manicomio. Ella de casa en casa, viendo cómo mataban a tiros a su perrito Tippy, o siendo poseída por el diablo de un padrastro febril. Cuando rodaba su última película, The Misfits (Vidas rebeldes, 1961), se acercó a Clark Gable, en quien veía la figura de un padre protector. El que jamás tuvo. 

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 Comentaré los seis papeles que más me gustan de Marilyn. En principio, uno como actriz de reparto: la cabaretera que emparenta con la familia Donahue, en Luces de candilejas (Walter Lang, 1954), la historia de los actores de vodevil, todo el día viajando de una ciudad a otra. La música, maravillosa de Irving Berlin, con ese tema de cierre que da nombre al título original: There’s No Business Like Show Business. La matriarca de la troupe es Ethel Merman, intérprete de poderosa voz, invitada varias veces al programa televisivo de Frank Sinatra. El patriarca, afable, obediente, es Dan Dailey. El afortunado novio de Marilyn es el excepcional bailarín Donald O’Connor. La historia, del eficaz Lamar Trotti. Los cómicos de la legua han dado camino a notables filmes: Cómicos (1954), de Juan Antonio Bardem, y El viaje a ninguna parte (1986), de Fernando Fernán-Gómez, obra maestra (aunque sin la Monroe), y una de las piezas-clave del cine español. En esta última, el personaje de José Sacristán también sueña y especula con el gran actor que pudo haber sido y no fue.


Pero hay otras películas también excelentes de Marilyn que siempre recordaré: Río sin retorno (1954), de melancólica balada, una de las mejores entonadas por su voz; Niágara, donde alcanzó cotas dramáticas muy valiosas que después pulirá en Nueva York, junto a Lee Strasberg en el Actor’s Studio; y, por supuesto, porque nadie es perfecto, Con faldas y a lo loco (1959), posiblemente la mejor comedia de la Historia del Cine. Esta obra de Wilder es un eterno regalo para la salud. Una Noche Buena sin complejos. Marilyn coincidió en ella con su amigo Tony Curtis, con quien compartiera cama cuando ambos eran desconocidos. Cuando canta I Wanna Be Loved By You (Quisiera ser amada por ti), los censores exigieron que los focos dejaran en penumbra su generoso escote. Como la censura siempre ha sido torpe y tonta, se consiguió el efecto opuesto: los senos de Marilyn, más osados y turgentes si cabe.


 Un cariño muy especial lo guardo para El príncipe y la corista (The Prince and The Showgirl, 1956), cuyo accidentado rodaje en los estudios Pinewood de Inglaterra ha quedado documentado en los diarios del novelista y realizador Colin Clark, por entonces muy joven tercer ayudante de dirección de Lawrence Olivier. Clark relata que mantuvo una relación de amor platónico, consentido por la actriz, cuando esta se acababa de casar con Arthur Miller. Marilyn se llevó consigo a Paula Strasberg, su asistente artística y consejera, porque sus constantes inseguridades la hacían apoyarse siempre en alguien. Marilyn exigía alabanzas, necesitaba certificarse a sí misma que era algo más que la máquina de hacer dinero ideada por Hollywood. Llegaba una hora tarde a las escenas, ante la exasperación del portentoso Olivier (quien, sin embargo, terminó encomiándola), pero recibía a menudo el afecto de algún compañero de plató, como ocurrió con la bondadosa Dame Sybil Thorndike. Este episodio de su biografía personal y artística ha sido brillantemente recreado en el largometraje Mi semana con Marilyn (My week with Marilyn, Simon Curtis, 2011), donde Michelle Williams (ganadora del Globo de Oro) interpreta a la rubia genial, y Kenneth Branagh remeda a la perfección los ademanes principescos de Olivier.
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En El príncipe y la corista Marilyn seduce con su glamour, pero más que como vulgar sex-symbol  destaca por la dulzura, afabilidad y ternura que desprende su personaje de chica humilde, sencilla y espontánea. Pienso que es uno de sus papeles mejor trabajados, y un verdadero acierto que fuera ella, y no Vivien Leigh, quien hiciera la película. No en vano, es una Marilyn Monroe Productions, otra razón por la que Sir Lawrence tuvo que tragarse su orgullo.

Finalizo recordando Vidas rebeldes, dirigida por John Huston, el bello testamento cinematográfico de Marilyn. Escrita para ella por su marido, Arthur Miller, nos presenta a la verdadera Monroe, la mujer frágil, de delicadeza y sensibilidad extremas que había detrás del mito. Una chica ingenua, sin aspiraciones, emocionalmente inestable, cariñosa, tierna, amante y protectora de los seres vivos y la Naturaleza, que no puede ver cómo apresan a unos caballos para luego convertirlos en pienso. Consigue que los suelten, y con ello da una lección a los rudos hombres de la pradera. Gable se queda sin unos cuantos billetes, pero se lleva a Marilyn bajo un cielo estrellado. Como suele suceder en los filmes de Huston, lo importante no es lo que al final se escapa, sino el aprendizaje y autodescubrimiento que se alcanza en el transcurso de los hechos narrados.


Así pues, recuerdo a Marilyn por cinco o seis películas. Pero también recuerdo a Greta Garbo por cuatro ejemplos (Margarita Gautier, Ana Karenina, La reina Cristina de Suecia y Ninotchka) y, sin embargo, me quedo con Marilyn. Garbo era la Divina. Especialmente dotada para el drama. Pero no tenía el porte de Marilyn, ni su gracia, ni su inocente halo de fragilidad. Marilyn Monroe fue una excepcional actriz de comedia, pues daba en la pantalla todo el cariño y la ternura que de niña nunca recibió. Elogiada por maestros como Billy Wilder o Joshua Logan, su tempranísima desaparición nos dejó sin ver la segunda parte de su carrera: quizá una actriz más temperamental, más dramática, más hecha. Solo quizá, pues no nos atrevemos a asegurar que Marilyn pudiera dejar de ser alguna vez ella misma. En su domicilio, la casa donde apareció muerta, había un escudo en el suelo con una inscripción latina muy reveladora: “Cursum perficio”. ‘Mi carrera ha terminado’.

sábado, 13 de octubre de 2012

El Cine por dentro.

La noche americana (1973) es el título español de Je vous presente ‘Pamela’, realización de François Truffaut que ganó el Oscar de 1974 a la mejor película de habla no inglesa. Además obtuvo otras tres nominaciones: guion (F. Truffaut, Jean-Louis Richard y Suzanne Schiffman) , director y actriz de reparto (Valentina Cortese).
 
Filmar con noche americana es un artificio del cine que consiste en rodar a plena luz del día las escenas nocturnas, mediante la colocación de un filtro oscuro ante el objetivo de la cámara. Este largometraje constituye un emotivo y sencillo gran homenaje al cine como arte, al cine por dentro y desde dentro. A Jonás, que es ahora el espectador, se lo traga la ballena para que vea sus entrañas, no otras que los entresijos de hacer un largometraje: los trucos y el plan de rodaje, las adecuaciones del guion a la filmación, la repetición de escenas por nimios detalles, la preparación del plató y de los decorados, las falsas lluvia y nieve, los trágicos imprevistos… Pero, sobre todo, asistimos a la historia humana: los actores –a veces divos para nosotros-- son presentados como seres de carne y hueso, con sus crisis amorosas, sus fuertes inseguridades y sus debilidades. Les vemos interactuar, también, con los miembros del equipo técnico.
Vi esta película siendo adolescente, y de ella me cautivaron entonces dos elementos: el rodaje en el cuidado plató de exteriores, con la boca de metro, los figurantes y los travelling de la cámara; y, muy notoriamente, el sueño del director, donde aparece cuando era un muchachito y se acerca de noche a la puerta de un cine; con un bastón (seguramente, tomado prestado al abuelo) engancha y aproxima hacia sí un perchero donde se exhiben los afiches de la película programada, que no es otra que Ciudadano Kane (1941), de Orson Welles. El niño va desprendiendo una a una las fotografías del filme, hace con ellas un montón y se marcha apresuradamente con aquel valioso tesoro.
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Ese hurto, más que posiblemente veraz y autobiográfico del propio Truffaut, sintetiza todo el amor que se puede sentir hacia el cine como arte. Por otro lado, ¡cómo han cambiado los tiempos! ¿Qué chico de catorce años de hoy se interesaría tanto por una película de corte “intelectual” como Ciudadano Kane? Lo más seguro que ninguno. Pero en aquella época, sí. En aquellos duros, inciertos, vacíos y largos años existencialistas de la posguerra europea los niños maduraban antes, se interesaban con presteza por el mundo de los adultos. Kane no solo cuenta la vida de un magnate de la prensa norteamericana, sino que es, en sí misma, renovadora e innovadora. Los contrapicados que dejan ver los techos, el multiperspectivismo narrativo, los documentos gráficos… Una obra adulta. Y esa propuesta narrativa y visual de Welles es la que cautiva al joven ladronzuelo, futuro director de cine él también.
Por añadidura, era el momento en que los realizadores europeos reconocían una deuda importante con el cine hecho en Hollywood. Con Welles, con Hitchcock (del cual Truffaut es autor de la mejor semblanza, plasmada en una larga pero fascinante entrevista), con Ford, con Mankiewicz, con Lang… El cine norteamericano de aquellos maestros era entendido no ya como un muestrario de estrellas (una de Gable, dos de Grant, tres de Greta Garbo), sino como obra de arte digna de consideración y de meticuloso estudio. Si quieres aprender a hacer cine, fíjate en tal o cual secuencia, en tal o cual plano, en el montaje, la luz, el encuadre y el color. El cine no es solo para pasar el rato; está también para enseñar.
No se puede decir más con menos. La secuencia comentada del sueño del director es una hermosísima, eterna reverencia al universo cinematográfico, no solo campo de entretenimiento, sino monumento visual, sonoro y narrativo.